Todos mis sueños con colmillos
De hombres lobo, fantasmas y gárgolas no he aprendido nada. De vampiros, por otro lado, lo he sentido todo. Tanto, tanto, que he pensado en volverme uno y, entonces, aprenderlos de verdad.
Hoy hablo para que usted entienda, si es que quiere, lo que soy hoy. Porque yo no puedo.
Cuando era joven, que sigo siendo niño,
pero lo fui aún más, creía mucho en cualquier tipo de terror. El miedo me movía
como creo que podría mover a cualquiera, el morbo también, pero quizás un poco
menos. La sangre y los colmillos, mis queridos colmillos, representaban mi
mayor admiración. Son odiados y asqueados, y eso es algo que me identificó por
mucho tiempo.
La sangre es sabrosa, la carne aún más y
el dolor. Ah, el dolor es una maravilla. El mío propio, claro, no pienso que el
ajeno sea precioso, quizás por eso no soy un vampiro al completo. Quizás no soy
nada al completo, ni siquiera yo.
Yo solía ser un nene muy enojado, claro,
con mucho odio. Odio que era tristeza, eso nadie jamás lo entendió. Tampoco yo.
Hay muchas cosas que no entiendo, muchos duelos que nunca terminé de entender.
Y no hablo solo de la muerte, que ella no podría importarme menos, pero la
pérdida de mí mismo es complicada, y duele. Quizás ese es el dolor del que
tanto hablo, no solo acá, sino en vida, sueños y llantos.
Entiendo, sin embargo, cuando alguien
tiene que marchar, no significa que me agrade y lo disfrute, pero sí que acepto
que es algo real, que sucede, que sucederá. Porque va a pasar, todos se van,
pero siempre, siempre están.
No recuerdo cuántos años tenía cuando
murió mi abuela, tampoco quiero hacer cuentas para recordarlo. Pero sé que
significó algo y que, aunque ya no exista en este plano, está presente siempre.
Me lo hace saber. ¿Eso resuena acaso? Con usted, con alguien, quizás con todos.
Ese fue el principio de mi descenso de la humanidad al vampirismo.
Aprendí ahí que la muerte era
completamente el centro de los humanos, conocí en consecuencia a personas que
creí haber visto toda mi vida, pero realmente nunca me detuve a observar. Creía
conocerme a mí mismo también, pero nunca me detuve a observar.
Yo solía ser un nene muy triste, crecí
para volverme un niño adulto muy resiliente. ¿Sabe lo que significa resiliente?
Resiliencia es cuando una cabra negra le gana al diablo. Resiliencia es cuando
un vampiro se supera y encuentra amarse. Resiliencia es cuando yo, porque estoy
hablando de mí, dejo de hacerme sangrar los labios y aprendo a hablar. Hablar
antes de la muerte, que ella se lleva a todos en silencio. ¿Entiende eso? No
hablar es morir, la muerte es silenciosa. La vida tan ruidosa no nos deja
dormir de noche, el dolor nos hace vivos. Por eso nunca seré totalmente
vampiro, o quizás todos los vampiros están más vivos que nunca, porque la vida
no los deja dormir de noche. Yo, como no soy ni vivo ni muerto, no sabría
decirlo. Pero espero que usted entienda y algún día me dé la respuesta.
Aparte de triste y enojado, fui
silencioso, pero no callado. Hablé de más cosas sin importancia, por supuesto,
porque eso era más fácil. Me rehusé a pronunciar palabras con significado
profundo, en cambio las escribía o las pintaba. Pintar me gusta, siempre fui el
artista de la familia. Extraño a mi abuela, ella era el centro de mi familia.
Empecé a decaer a los once años, pero fue
ahí qué me conocí. Estaba lleno de miedo y esperanza, el autodescubrimiento y
reflexión es aterrador, pero tan embriagante. Entendí ahí el punto de ser
vampiro: escapar de las normas reales y serias, y vivir nocturnamente en sueños
de colmillos y amores. Los vampiros aman mucho, porque la nostalgia les duele
al vivir tanto.
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